Notas al programa
Laberinto armonico es el título
de un concierto para violín compuesto por el virtuoso de este
instrumento Pietro Locatelli en 1733. Otro de los mejores violinistas
de todos los tiempos, Giuseppe Tartini, compuso en 1765 una sonata
que subtituló “Il trillo del diavolo” (el trino
del diablo) en recuerdo de un sueño en el que Lucifer intentaba
comprar su alma tocando para él la música de esta sonata.
Tanto el concierto de Locatelli como la sonata de Tartini son obras
que representan la culminación en el barroco tardío
de una revolución musical que se inició a principios
del siglo XVII en Italia; en el marco de esta revolución, la
libertad formal y el potencial expresivo que permitieron la teoría
de los afectos y la seconda prattica comenzaron a aplicarse a la música
instrumental pura, que poco a poco fue ganando un estatus independiente
al margen de la música vocal acompañada de instrumentos.
Esta independencia se cimentó sobre dos conceptos claves: la
audacia experimental y el progresivo desarrollo del virtuosismo propio
de cada instrumento. La libertad creadora del barroco temprano potenció
la búsqueda de nuevas formas, de nuevos registros instrumentales,
de novedosos modos de expresión basados en el contraste (como
el claroscuro en la pintura), buscando conseguir la sorpresa y la
conmoción en el oyente, antes que el orden basado en un lenguaje
común. Esta filosofía propició que se abordaran
muchos y diferentes géneros aportando soluciones muy variadas;
basta echar una ojeada al programa propuesto para admirarse de este
torrente de posibilidades:
La Sonata en sol menor
de Paolo Cima es una pieza escrita en el estilo severo imitativo de
la sonata de iglesia, aunque combinado ya con pasajes instrumentales
más libres. Su belleza es serena y contenida y su función
en el programa es similar a la de un pórtico en el que podemos
adivinar los secretos que guarda el edificio y que se desarrollan
en su interior. En contraste, las Sonatas terza y sesta de Giovanni
Battista Fontana son un derroche de optimismo y vitalidad rítmica
en la que las secciones de carácter abierto predominan claramente
sobre las más oscuras y melancólicas, propias de las
tonalidades menores. Las sonatas de Dario Castello representan la
culminación del estilo virtuoso e improvisatorio del primer
barroco y consiguen momentos de altísima expresividad en secciones
muy contrastantes y en las que los instrumentos acompañantes
participan en ocasiones de la pirotecnia desplegada por el violín
solista.
Por su parte, la Toccata y las dos danzas de Kapsberger son un brillante
ejemplo de la aplicación en la tiorba de estas ideas rupturistas
del primer barroco, explotando al máximo los recursos idiomáticos
propios de este instrumento: aprovechamiento del registro de los potentes
graves, sonoridades de campanelas, rápidas escalas en ligados
ascendentes y descendentes, veloces arpegios, cambios de color tímbrico,
etc. Esta utilización de un instrumento de cuerda pulsada como
solista es también desarrollada por Granata en su Sonata para
Guitarra, Violín y Bajo continuo, aunque con un concepto más
camerístico que el de Kapsberger (al añadir el violín
como instrumento concertante) y más refinado y elaborado en
cuanto al desarrollo formal.
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